Hay ciudades en las que es casi imposible aburrirte, porque siempre hay cosas que hacer, eventos a los que acudir, sitios que ver… Suelen ser ciudades grandes, llenas de atracciones, museos, festivales, mercados, parques, bares, monumentos, restaurantes… Son esas ciudades que todo el mundo te recomienda visitar alguna vez en tu vida.

Y luego están las ciudades, o pueblos, donde no hay mucho que hacer. Pero en el buen sentido. Son esos lugares que te invitan a pasear todo el día, e igual que no hay mucho que hacer, no necesitas hacer nada más para disfrutar de ellos.

A mí, personalmente, me encantan estos lugares. Me puedo pegar horas y horas andando, mirando cada rincón y cada detalle para que no se me escape nada, maravillada por su belleza singular.

Algunos ejemplos de estas ciudades, de esas que llaman “de cuento”, son, para mí, Venecia y Brujas. Y es verdad, no están exagerando, porque la belleza de estos lugares es casi irreal.

Llegamos a Chefchaouen

El año pasado, encontré otro lugar de estos en nuestro viaje por Marruecos. No es de las ciudades más famosas del país, pero hay mucha gente que la conoce o que ha visto alguna foto en Internet. Chefchaouen es un pequeño pueblo en medio de una zona montañosa del norte de Marruecos, cuyo centro está enteramente pintada de azul. Mires a donde mires, es todo azul, sí, todo.

Tenía muchísimas ganas de visitar Chafchauen desde hacía unos años, y tengo que reconocer que tenía un poco de miedo por si me defraudaba, por si “no era para tanto”. Como es un pueblo muy pequeño, teníamos planeado pasar una noche y partir al día siguiente a otra ciudad. Pero, una vez que llegamos al pueblo y dimos dos pasos, decidimos quedarnos otra noche más. Ya os podéis imaginar si me defraudó o no 😉

Nos quedamos en Chefchaouen

¿Y qué hicimos tanto tiempo allí, si no hay nada que hacer? Pues eso, pasear, pasear y pasear. No necesitaba nada más. Paramos un rato en una plaza a tomar un té con menta y otro rato en la azotea del sitio dónde nos alojábamos para ver el pueblo desde arriba; salimos de la zona del centro para ver otras zonas no azules y para comer el cuscús de los viernes; también fuimos a un mirador que había en frente del pueblo para poder verlo entero, con el sol poniéndose y la llamada al rezo de fondo. Y el resto del tiempo…pasear.

Hay una señal para saber que he encontrado un lugar de este tipo, y es cuando digo: “¿hacemos un concurso de fotos?”. Si suena esta frase, quiere decir que me he enamorado del lugar y que quiero estar horas y horas solo andando, mirando y fotografiando, física y mentalmente.

Si vosotros también sois de los que disfrutan de los lugares extremadamente bonitos, no os olvidéis Chafchauen en vuestra lista de “sitios que visitar” 😉