Ya estamos en Cerdeña, más concretamente en el punto donde comenzaremos a pedalear. Después de más de 26 horas de viaje en bus, en ferry y en tren, (aquí puedes ver nuestro viaje hasta Cerdeña) llega el momento de utilizar nuestro medio de transporte favorito, las bicicletas. ¿Estás preparado? Comenzamos nuestro viaje de cicloturismo por la isla mediterránea de Cerdeña.

 

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La llegada y el caos

Nada más bajar del tren, montamos nuestras bicicletas y salimos disparados hacia el centro de Cagliari, la capital de Cerdeña, con una población de casi 500.000 personas en su área metropolitana.
Nos incorporamos a un tráfico bastante fluido y un poco caótico, y no sabemos muy bien por dónde debemos circular: carretera, acerca…, lo que provoca un momento de tensión entre Irene, que siempre confía en mí para indicar el camino, y yo, que no tenía muy claro la ruta a seguir.
Finalmente encontramos la ruta correcta que nos dirige hacia nuestra primera parada obligatoria, un supermercado donde nos aprovisionaremos para el viaje.

Los 4 miembros del equipo

Los 4 miembros del equipo

Comenzamos a circular por el centro de la ciudad, por su casco antiguo, cercado por una muralla medieval, aunque la historia de la ciudad comienza mucho antes, más de 5000 años atrás, allá en el neolítico.
Tras esquivar a unos cuántos cientos de peatones que paseaban alegremente por la zona más comercial de la ciudad en una tarde de sábado muy agradable, logramos salir del caótico centro para llegar a la avenida de los grandes supermercados, donde podemos elegir entre varios, así que vamos directos al que más nos gusta, el Lidl (mejor precio y calidad :P)

En los apenas 600m de avenida, nos damos cuenta de que en este viaje vamos a tener que seleccionar bien las rutas por las que circulemos, buscando las más secundarias y solitarias, ya que, haciendo honor a su fama, los conductores italianos son muy temerarios y no respetan nada las distancias de seguridad con las bicicletas. Una vez en el supermercado, reorganizamos todo el equipaje para hacer hueco a los enseres que nos darán la energía para recorrer esta preciosa isla del Mediterráneo de Sur a Norte.

 

El primer trayecto

Nuestra primera sección de ruta es muy sencilla, cordillera de montañas tanto a derecha como a izquierda, y una planicie que llega directa hasta la costa en Oristano. Así que, con el sol de media tarde despidiendo el día, comenzamos a pedalear, procurando escapar del bullicio de la capital y buscando el primer pueblo pacífico que nos dé alguna oportunidad de acampar la primera noche y descansar correctamente, después del despropósito de descanso en el ferry.

Comenzamos la aventura por el interior de la isla

Tras menos de una hora de pedaleo llegamos al pueblo de Sestu, con unos 20.000 habitantes y, de nuevo, una historia antiquísima que data del mismo período de su vecina Cagliari. Ante la falta de lugares boscosos, decidimos probar surte con algo que habíamos visto en muchos vídeos de cicloviajeros: el cementerio. Por el camino, nos encontramos a un señor a la puerta de su casa que estaba fumando tranquilamente. Tras los formalismos oportunos, le pedimos si nos puede rellenar los botellines de agua y accede encantado, incluso nos invita a un café, pero debemos rechazar su invitación, ya que el sol ha abandonado su posición y ya se ha retirado a sus aposentos a descansar.

 

El cementerio

Nada más llegar, comprobamos que está cerrado y tapiado; mala señal. Dejamos las bicicletas apoyadas y rodeamos toda la muralla, buscando un pequeño hueco donde plantar la tienda de campaña, que al menos esté protegido de un incesante viento que azota la isla. Nada nos convence realmente, pero guardamos una pequeña parcela refugiada ligeramente del viento, como último recurso. Decidimos dar una vuelta por los alrededores por si “suena la flauta” y, “la casualidad”,  tratando de buscar algún hueco más oscuro entre algún parque de la ciudad nos volvemos a cruzar con el señor que estaba fumando y que, esta vez,  nos llamó desde su balcón.

 

La hospitalidad

Nos ofrece acompañarles en la cena, un café, lo que queramos. Así que esta vez, ante su insistencia, decidimos cenar con ellos, y después ya iremos a acampar a la zona al lado del cementerio que no nos convencía del todo. Tras casi dos horas hablando y traduciendo como podíamos, nos informan que tenemos una cama preparada en la buhardilla donde, si no nos importa el desorden, podemos dormir esta noche.
Al principio nos choca un poco, ya que nunca nos habíamos enfrentado a esta situación, y se lo hacemos saber a nuestro anfitrión. Lo que nos respondió nos hizo pensar realmente hasta qué punto estamos influenciados por los telediarios y qué visión más deformada tenemos de la sociedad en general.

Familia de Maurizzio

Despedida de la familia de Maurizio

 

Nuestro amigo Maurizio nos explicó que, para él, no era algo extraño ver a dos viajeros en apuros, entrada la noche, sin un lugar donde dormir y ayudarles en lo que fuera posible, sino que ¡lo extraño era no hacerlo! Y tenía razón. Todo el mundo piensa si serán peligrosos, si serán ladrones, si no estaremos seguros pero, si te paras un segundo a pensar en todas las personas que conoces, ¿cuántas dirías que son malas personas? ¿Cuántas estarían dispuestas a robar cuando les están ayudando? 

 

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Aquella noche nos fuimos a la cama con la certeza de que el mundo está lleno de buenas personas. Aunque digan que es lo lógico, y aunque pensemos que tienen razón, el acto de Maurizio, Beth, Alessandro y Francesca nos pareció increíble. 

Aquella noche conocimos la magia, la magia del viaje. Porque el hecho de estar viajando y, sobre todo, el hecho de estar haciéndolo en bicicleta, fue lo que despertó la hospitalidad de aquella familia. Y ahora que estamos encantados… Nos va a ser difícil dejar de viajar 🙂