Los viajes son como la vida misma: hay días buenos y días no tan buenos; hay días en los que haces más, y otros que haces menos… Eso es así, y no se puede cambiar; por mucho que planeemos antes del viaje, las cosas pueden no salir como esperábamos. Lo que varía, de una persona a otra, de un tipo de viaje a otro, es cómo reaccionamos ante este tipo de imprevistos. En esta entrada, vamos a tratar este tema, la actitud ante las diferentes situaciones en los viajes.

En nuestro viaje por Japón durante el verano del 2018, disponíamos de 43 días para explorar este país. Tuvimos días en los que todo salió “rodado” y también hubo otros en los que nada salía como habíamos planeado. Incluso, hubo días en los que no hicimos “nada”. ¿Cómo no vamos a hacer nada en todo un día, si estábamos de viaje? Pues sí, así fue. Os lo vamos a mostrar con ejemplos reales de nuestro viaje en Japón:

 

Nuestro viaje a Japón

Kawagoe: Un día de diez

El día que visitamos Kawagoe, una pequeña ciudad al norte de Tokio, fue un día de esos que dices: “Qué día más bueno, ¡todo ha salido rodado!”. Llegamos a la ciudad a la hora de comer, y fuimos directos a un restaurante que teníamos fichado: Ganja, (aquí os dejamos cómo llegar), done desarrollaron un ramen un tanto especial, ahora extendido por todo el país. Hicimos un rato de fila fuera del local, bajo un sol y un calor insoportables, pero mereció la pena. La comida estaba espectacular.

Después de comer empezamos a callejear; las calles tenían un encanto especial y no podíamos evitar parar cada dos por tres a retratarlas. Pero no podíamos entretenernos demasiado, ya que queríamos hacer un taller de cerámica. Justo cuando llegamos a Yamawa, un antiguo taller de alfarería, iba a empezar una clase, así que nos unimos. (Aquí os dejamos la página) Fue una experiencia muy entretenida y disfrutamos mucho creando nuestros cuencos personalizados. Además, aprendimos mucho sobre este arte milenario. 🙂

Casas típicas por las calles de Kawagoe

Casas típicas por las calles de Kawagoe

Nada más salir, nos dirigimos al templo más famoso de Kawagoe: el templo Hikawa. Como habíamos visto en Internet, el sitio era precioso, y cada detalle estaba cuidado y pensado para enamorar a cualquier persona que lo visitase. Con la promesa de volver al templo tras la caída del sol, volvimos al centro de la ciudad para callejear un poco más, y entreteniéndonos haciendo fotografías en la famosa “hora azul” como ésta. Tras hacer un poco de tiempo hasta el atardecer, de nuevo visitamos el templo, que tenía un aspecto muy diferente al de por la tarde, a cuál más bonito.

Fue un día que disfrutamos muchísimo, por lo que hicimos y por lo que nos encontramos. Ojalá salieran todos los días tan bien pero, como en la vida, es imposible que eso ocurra. Además, si todos los días fueran de 10, no sabríamos apreciarlos y dejarían de parecernos tan “perfectos”.

Kamakura: ¿Pero qué pasa hoy, que todo sale mal?

Otro día fuimos a visitar Kamakura, otra pequeña ciudad, esta vez al suroeste de Tokio. Cuando llegamos, quisimos aprovechar lo que quedaba de mañana alejados de los lugares más turísticos y concurridos, así que salimos rumbo a un sitio con una vista panorámica de la ciudad. Vamos a resumir este proceso porque fue largo: El primer camino nos obligaba a atravesar un templo donde había que pagar, y estábamos algo cansados de pagar. El segundo, básicamente, no existía porque estaba lleno de vegetación. El tercero nos llevó hasta un punto alto pero no había vistas panorámicas, porque estábamos rodeados de árboles y no veíamos nada.

Después de comer, fuimos a visitar un par de templos que parecían ser un poco diferentes a los muchos que ya habíamos visitados durante nuestro viaje. Eran bonitos, la verdad, pero tampoco nos emocionaron demasiado. Pero aún nos quedaba por ver el famoso Buda de Kamakura, que es enorme y se encuentra al aire libre, así que allá que fuimos. Tras caminar bastante rato llegamos al templo y… CERRADO. Nos reímos por no llorar.

Llegamos tarde al Budha de Kamakura

Llegamos tarde al Buda de Kamakura

Para intentar solucionar el día, acudimos a visitar la playa, que nunca suele defraudar pero… Cuando el destino quiere que pases un día más oscuro, se encarga de ello a conciencia. El tifón que había pasado por allí el día anterior, se había encargado de dejar su firma original por la poca arena que quedaba, debido al fuerte oleaje y la pleamar cercana. Vamos, que muy bonita no estaba.

No es que lo pasáramos mal, pero es que… ¿Qué nos pasaba aquel día? Cada cosa que hacíamos terminaba torcido. Pero, de nuevo, en la vida tiene que haber días así. Gracias a aquel día, aprendimos que teníamos que informarnos mejor de las cosas antes de visitar un lugar. Lo aplicaremos en nuestros futuros viajes sin duda 😉

Lo que importa no es lo que ocurre, sino nuestra reacción ante lo que ocurre

Estos dos días de los que os hemos hablado, son solo dos ejemplos. Pero, durante nuestro viaje por Japón, cada día que vivimos fue diferente, con su correspondiente nivel de satisfacción. Hubo días que decidimos quedarnos descansando para coger fuerzas, ya que era un viaje largo, a pesar de sentirnos “vagos” o no estar aprovechando el tiempo. E incluso hubo días que apenas pudimos hacer nada por mal tiempo, con lo que fastidia quedarse en casa cuando estás de viaje, ¿verdad? Nuestra reacción ante estos días podría haber sido de rabia, frustración, enfado… Sin embargo, a pesar del sabor amargo, no nos lo tomamos tan mal. Y es que hay un factor que creemos que tuvo mucho que ver: el tiempo.

Al contar con 43 días, muchos más de los días de vacaciones que la mayoría de la gente suele tener, se nos hizo fácil aceptar esos días “no tan buenos”. Éramos totalmente conscientes de que no todos los días iban a ser perfectos. Ya contábamos con que iba a llegar algún que otro tifón a fastidiarnos el plan. Por ello, aunque teníamos una lista de lugares que visitar y cosas que hacer, nuestra agenda no estaba demasiado cargada. Por eso, si preveíamos que no íbamos a poder llevar a cabo un plan, no era difícil posponer los planes o cambiar el orden de los días.

Pero lo fundamental no es lo que ocurre, sino nuestra reacción ante ello. Aceptar cualquier situación que nos suceda, no es cuestión de disponer de muchos días, sino disponer de tiempo. Pero, pensaréis: ¡Viajar más días es disponer de más tiempo! No nos referimos a ese tiempo, sino al ritmo de nuestro recorrido.

Si nos proponemos visitar una gran cantidad de sitios en proporción con los días disponibles, y alguno de los planes se tuerce, puede que nos frustremos demasiado ante estos imprevistos. Y lo peor es que nuestro viaje puede convertirse en una fuente de estrés, cuando debería ser todo lo contrario. La gestión emocional es algo que todos deberíamos aprender a hacer, y los viajes son un escenario más donde tenemos que practicarla. Como os hemos contado en anteriores entradas, como “Senjo-ji vs Un templo cualquiera: todo es cuestión de tiempo” , la clave está en nuestra forma de entender los viajes.

Y tú, ¿cómo te sientes cuando estás viajando y las cosas no salen como esperabas? ¿Cómo actúas cuando tienes esos sentimientos desagradables? Deja tu comentario y, si te ha gustado, suscríbete a nuestra newsletter para no perderte nada 😉

 

Suscríbete a nuestra newsletter