Volvemos con la segunda parte de la serie “Mallorca en bicicleta” 😀 Hace unos días, publicamos la primera parte, en la que Israel contaba cómo surgió la idea de viajar por esta isla balear en bicicleta y cómo fue su preparación, así como el trayecto hasta la isla.

En esta segunda parte, nos adentramos en el viaje en sí. Podréis ver cómo fueron los primeros días, que estuvieron llenos de aventuras… ¡Y vaya si hubo aventuras! Empezó a suceder una cadena de desastres que lo pusieron a prueba. ¿Lo habrá superado?

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Las duras pruebas del viaje

El viaje prometía ser fantástico. Una semana con buena temperatura, poca afluencia de turistas y los días comenzaban a ganar terreno a las noches de invierno.
El primer día, nada más llegar a Palma de Mallorca, pude apreciar cómo es una ciudad preparada, eminentemente, para los turistas; numerosos hoteles ocupaban la primera línea de playa hasta donde alcanzaba la vista.

Tras dejar el centro de la ciudad, con la famosa catedral gótica haciendo de vigía desde lo alto, comienzo a recorrer la costa, dirección al sur, hasta mi primer destino, la Colonia de Sant Jordi.

Intento seguir carreteras secundarias con poco tráfico para rodar con más tranquilidad pero, tras llevar dos horas pedaleando, me encuentro con el primer problema que plantea la isla: “La apropiación indebida”. Una práctica muy extendida en nuestro país, la implantación de muros y vallas de propiedad privada cortando caminos públicos, carreteras o senderos GR. Y es que, como todos sabemos, “con perricas, chufletas”; vamos, que si tengo pasta, la ley es más permisiva conmigo.

Deportistas disfrutando del viento de la isla al atardecer.

Deportistas disfrutando del viento de la isla al atardecer.

Así que, resignado, media vuelta y a deshacer el camino recorrido, volviendo a la carretera principal. La verdad es que se circula bastante bien. Mallorca parece ser la Meca de las bicicletas; por la carretera me cruzo con innumerables ciclistas, la mayoría de ellos profesionales que han venido a comenzar con el entrenamiento de la temporada de ciclismo.

Faros y urbanizaciones

Tras varias horas pedaleando, me doy cuenta de que, a parte de paisajes espectaculares, en esta isla me voy a encontrar varias cosas típicas: faros, como por ejemplo el far de Cap Blanc, y urbanizaciones con mansiones, como Cala Pi, donde si tengo suerte, habrá alguna tiendecita donde vendan algo de comida a precios desorbitados. ¡Tendré que planificar bien dónde parar a rellenar las alforjas!

A lo largo de toda la costa oeste de la isla, me voy encontrando, alternativamente, estos dos elementos, aunque uno de ellos respeta más el entorno que el otro, y le otorga una estética mucho más romántica.

Cases de pescadors

Tras pedalear todo el día, llego por fin a la primera punta de la isla, Colonia de Sant Jordi, y descubro una playa enorme, la playa de’s Dolç, que promete una puesta de sol espectacular. El problema es que, aún siendo febrero, hay muchos turistas rondando por allí. Así que, localizo unos matorrales en la parte trasera de la playa, escondo la bicicleta, y me voy a dar un paseo por la playa para visitar las antiguas casas de los pescadores que habitaban la isla, antes de convertirse a la religión del turisteo.

Son unas casas sencillas, simples, cercanas a una piscina natural de agua salada, donde hace tiempo que ya no se quedan los peces atrapados, siendo más fáciles de pescar.

Atardecer en la playa de’s Dolç

Atardecer en la playa de’s Dolç

Comienza la cadena de desastres

Al día siguiente, después de desayunar y tener todo preparado, me doy cuenta de que la rueda trasera está baja de presión. Y al intentar hincharla… comienza un efecto dominó de desgracias, que pondrá a prueba tanto mi paciencia como mi pasión por viajar.

Al intentar cambiar la cámara de la bicicleta, la goma de la cubierta se resquebraja ligeramente y, posteriormente, me daré cuenta de que la cámara se sale por ese hueco, haciendo un bulto en la rueda, que ocasionará un reventón en la cámara. Tras quedarme en medio de ninguna parte sin ruedas, comienzo a caminar hasta el pueblo más cercano, Port de Manacor, donde, un domingo por la tarde, localizo una tienda de bicicletas no solo cerrada, sino también abandonada. Preguntando a la población, un señor me regala una cámara de bicicleta, así que, apañando la cubierta con algo de cinta americana, consigo llegar hasta Cala Millor, un pueblo turístico donde hay una famosa tienda de bicicletas. Al llegar al pueblo y comenzar a buscar una zona de acampada, me doy cuenta de que he vuelto a pinchar. ¡No puede ser! Me derrumbo psicológicamente, ya que ha comenzado a anochecer y en el pueblo solo hay grandes hoteles, nada económicamente viable para pasar la noche. Tras entablar conversaciones con un grupo de trabajadores “bastante alegres” que me ofrecían sus casas, logro encontrar un hotel, que por 40€ me ofrecen pasar la noche y desayuno con buffet libre incluido. Una opción suficientemente buena para acabar este día tan oscuro y difícil.

Playa de Coll Baix, una auténtica belleza.

Playa de Coll Baix, una auténtica belleza.

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¿Crees que ya ha pasado lo peor? Nada más lejos de la realidad, la cadena de desastres no había hecho sino comenzar. Esperamos que os estén gustando las historias de este ciclo-viaje. En unos días publicaremos la tercera  parte de esta serie de Mallorca en bicicleta. ¡Ojo spoiler! No te preocupes, a pesar de todos los contratiempos el viaje acabó bien, el viajero acabó feliz, y muy pronto, volveremos a la carga con una nueva isla ¿Adivinas cual?  😉